Jordano Mackenzie
Nunca imaginé que los mariscos afrodisíacos tendrían un efecto tan inmediato en la pequeña Ariadna. Está divina, y su emoción es evidente. Sí, está ardiendo. La intensidad brilla en sus ojos y en la forma en que cruza las piernas, intentando suprimir el cosquilleo que se extiende por su cuerpo. Sus mejillas están sonrojadas, y es obvio lo que quiere.
—Jordano, tengo que ir al baño—, dice, sonrojándose aún más.
Le doy un beso en la mejilla. —Adelante, cariño.—
Se apresura a ale