Jordano Mackenzie
Nunca imaginé que los mariscos afrodisíacos tendrían un efecto tan inmediato en la pequeña Ariadna. Está divina, y su emoción es evidente. Sí, está ardiendo. La intensidad brilla en sus ojos y en la forma en que cruza las piernas, intentando suprimir el cosquilleo que se extiende por su cuerpo. Sus mejillas están sonrojadas, y es obvio lo que quiere.
—Jordano, tengo que ir al baño—, dice, sonrojándose aún más.
Le doy un beso en la mejilla. —Adelante, cariño.—
Se apresura a alejarse, tímida pero segura—es la primera vez. Aprovecho el momento para enviar unos cuantos mensajes de texto y organizar una recepción improvisada. El dinero puede lograr cualquier cosa. En ese hotel de lujo donde tengo una preferencia especial, todo estará listo para cuando lleguemos.
Está ardiendo, y estoy más que dispuesto a darle todo, porque yo también siento el fuego del deseo por ella.
Cuando sale del baño, sus mejillas se ponen rojas y fija la mirada en mí.
—¿Nos vamos?— pregunta, extend