La tensión no se rompió.
Se transformó.
Como si el aire entre ellos hubiera cambiado de forma, volviéndose más denso, más cálido… más íntimo.
La mano de Sebastian seguía sujetando la muñeca de Renata, firme, recordándole quién llevaba el control de aquel juego. Pero había algo distinto en su mirada.
Algo más profundo.
Más oscuro.
Más… inevitable.
Renata no apartó la vista.
No lo haría.
No ahora.
Sus ojos azules lo sostenían con una intensidad que ya no escondía nada. No era timidez. No era duda