El edificio del conglomerado Vegetti estaba en su habitual movimiento ordenado.
Ascensores que subían y bajaban sin pausa.
Secretarias caminando con documentos.
Ejecutivos entrando y saliendo de salas de reunión como si el tiempo no tuviera derecho a detenerse allí.
Y en el centro de todo eso…
Sebastian Vegetti.
Inmutable.
Impecable.
Sentado en su oficina de cristal, con la ciudad extendiéndose a sus pies como una maqueta viva.
Revisaba unos documentos con precisión mecánica, como si cada línea