El vehículo avanzaba con una lentitud calculada.
Renata no hablaba.
Observaba el paisaje a través de la ventana con una concentración distinta a la habitual.
No era la calma de una abogada antes de un caso.
Era otra cosa.
Más pesada.
Más inquietante.
Casandra, a su lado, revisaba notas en silencio, consciente de que ese tipo de visitas exigían algo más que preparación técnica.
Exigían… precisión emocional.
—Ya estamos llegando —anunció el chofer finalmente.
Renata no respondió de inmediato.
Sol