La mañana en la Mansión Vegetti no era tranquila.
Nunca lo era realmente.
Pero ese día… el aire parecía más pesado.
Más cargado.
Como si algo estuviera a punto de romperse.
El gran salón, símbolo de poder y tradición, había sido alterado.
No de forma exagerada.
No de manera caótica.
Pero sí lo suficiente como para que alguien como Anton Vegetti lo notara de inmediato.
El cuadro principal —una pintura antigua que llevaba décadas colgada en el mismo lugar— ya no estaba sobre la chimenea.
Había si