La mansión estaba sumida en un silencio casi absoluto. Afuera, la lluvia continuaba golpeando los enormes ventanales. El trayecto desde la ciudad había transcurrido prácticamente en silencio. Sebastian no había intentado forzar una conversación. Renata tampoco. Sin embargo, el silencio no significaba calma, todo lo contrario.
Era una tormenta contenida. Una tormenta que llevaba demasiado tiempo acumulándose. Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente a la entrada principal, Renata descendió