El silencio que quedó después de la confesión de Sebastian era insoportable, la lluvia seguía golpeando los ventanales de la mansión. Cada gota parecía marcar el paso de los segundos. Renata permanecía inmóvil. Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas. Pero ya no lloraba, l
aquello que ella sentia era peor, si, mucho peor.
Porque cuando las lágrimas desaparecen, a veces lo único que queda es el dolor y el suyo era inmenso Sebastian continuaba frente a ella, sin acercarse, sin intentar tocarl