El amanecer llegó silenciosamente sobre la mansión Vegetti.
Los primeros rayos del sol se filtraban a través de las enormes ventanas de la habitación principal.
Todo parecía tranquilo.
En calma.
Pero dentro de Renata aquella calma no existía.
No había dormido.
Ni un solo minuto.
Permaneció despierta durante toda la noche observando el techo, escuchando los latidos de su propio corazón y reviviendo una y otra vez aquella conversación que había escuchado entre Sebastian y Antonio.
Cada palabra.
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