El salón principal del centro de operaciones permanecía envuelto en un silencio solemne que únicamente era interrumpido por el sonido constante de los teclados, las comunicaciones de radio y las pantallas donde desfilaban informes que llegaban desde distintos puntos de la ciudad. Renata Vegetti permanecía inmóvil frente a uno de los ventanales, completamente ajena al movimiento que se desarrollaba a su alrededor. Sus dedos acariciaban distraídamente el anillo de matrimonio que brillaba bajo la