El cuerpo de Renata se tensó de inmediato.
Esa voz no necesitaba girarse para saber quién era. Pero aun así lo hizo.
Claudia.
Apoyada con elegancia contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión que destilaba burla en cada detalle.
Sus ojos recorrieron a Renata de arriba abajo, como si la evaluara… como si la juzgara.
—No sabía que seguías jugando a la hija devota.
Renata la miró fijamente.
—¿Qué haces aquí?
Claudia alzó una ceja.
—¿No es obvio? Vine a ver si ya había muerto.
Las pala