El taxi avanzaba entre el tráfico de la ciudad, mientras la luz del mediodía se filtraba por la ventana y dibujaba reflejos cambiantes sobre el rostro de Renata.
Pero ella no los veía. Su mirada estaba perdida. Lejana. Una sola lágrima se deslizó lentamente por su mejilla, silenciosa, casi tímida… pero cargada de todo lo que aún no terminaba de sanar.
Renata no la limpió de inmediato.
La dejó caer. Como si necesitara permitirse ese pequeño instante de debilidad.
Afuera, la ciudad seguía viva. P