El sonido de la puerta cerrándose con firmeza marcó el inicio de un cambio en la atmósfera del penthouse. Sebastian caminó hacia su despacho sin mirar atrás, con ese porte imponente que parecía arrastrar el aire a su paso. Su expresión había cambiado apenas cruzó el umbral: la ligereza que había mostrado unos minutos antes con Renata desapareció por completo, reemplazada por una frialdad calculada, afilada, propia de alguien que no estaba acostumbrado a perder el control de nada… ni de nadie.
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