La noche había caído sobre la Mansión Vegetti con una quietud engañosa, como si las paredes mismas guardaran secretos que estaban a punto de estallar, y en medio de ese silencio cargado de tensión, Antonio permanecía inmóvil detrás de aquella puerta, con el cuerpo rígido y la respiración contenida, como si cualquier sonido pudiera delatarlo, pero lo que realmente lo había dejado sin aliento no era el miedo de ser descubierto, sino lo que había escuchado, cada susurro, cada roce, cada respiració