La habitación permanecía envuelta en un silencio denso, cálido, casi irreal, como si el mundo exterior hubiera dejado de existir por unos instantes, como si todo lo que importara se hubiera reducido a ese espacio compartido entre dos respiraciones que aún no encontraban su ritmo, Renata permanecía recostada sobre el pecho de Sebastian, envuelta en la manta que apenas lograba cubrirlos, su mejilla apoyada contra la piel firme de él, escuchando el latido constante de su corazón, un sonido que, si