El reloj del pasillo marcaba una nueva hora de aquella interminable madrugada. La lluvia comenzaba a disminuir lentamente detrás de los enormes ventanales del hospital, dejando que algunas luces de la ciudad volvieran a reflejarse sobre el cristal. El ambiente permanecía envuelto por un silencio respetuoso que únicamente era interrumpido por el sonido lejano de los monitores provenientes de la unidad de cuidados intensivos. Renata seguía abrazada a su madre después de haberle confesado toda la