Mundo ficciónIniciar sesiónBianca
— Señorita Bianca, ya estamos por cerrar —la voz de la bibliotecaria, la señora Liliana, me sacó de un tirón del siglo XIX.
Cerré el libro de golpe, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.
— ¿Cerrar? ¿Qué hora es? —pregunté, parpadeando para enfocar la vista. Mis ojos estaban cansados, irritados por las horas de lectura bajo la luz escasa de la lámpara de mesa.
— Ya son las once de la noche, querida.
— No puede ser... —susurré, sintiendo un nudo de pánico apretarse en mi garganta—. No puede ser, esta novela me atrapó de tal manera que perdí la noción de todo. Mi padre va a matarme.
La señora Martha me miró con una mezcla de lástima y preocupación. Ella conocía a mi padre, o al menos conocía el apellido D’Angelo. Todos en esta zona lo conocían. Sabían que detrás de la fachada de la elegancia y el prestigio, Rubén D’Angelo era un hombre de mecha corta y reglas de hierro.
— Apúrate, niña. Vas a tener que tomar un taxi —me recomendó mientras empezaba a apagar las luces principales—. La próxima vez, llévate el libro a tu casa, no vale la pena arriesgarse así. Y no camines sola, ya está muy oscuro. La ciudad no es la misma de hace unos años.
— Gracias, señora Liliana —dije, recogiendo mis cosas con manos temblorosas.
Me despedí con una sonrisa forzada, pero en cuanto crucé la puerta de madera pesada de la biblioteca y sentí el aire frío de la noche, la realidad me golpeó. No llevaba un centavo. Mi padre nunca me daba dinero para nada; para él, darme efectivo era darme libertad, y la libertad era algo que no estaba en su inventario.
No me quedaba otra opción que volver caminando. Si tenía suerte, mi padre aún seguiría en el trabajo o, lo más probable, en el casino, perdiendo lo que quedaba de nuestro dinero, y no se enteraría de mi hora de llegada.
Empecé a caminar. Mi casa estaba a unas veinte cuadras, una distancia que en el día parecía un paseo agradable, pero que a estas horas se sentía como una travesía por un territorio hostil.
Desde que salí de la biblioteca, sentí que algo no estaba bien. Un escalofrío me recorrió la nuca. Era esa sensación de ser observada, un sexto sentido que se activa cuando el peligro está cerca. No quise mirar hacia atrás. Apreté la correa de mi bolso contra mi pecho y aceleré el paso, tratando de convencerme de que solo era mi imaginación jugándome una mala pasada por culpa de la novela de suspenso que acababa de cerrar.
Pero el sonido de unos pasos pesados sobre el pavimento, rítmicos y persistentes, confirmó mi miedo.
— Hermosa noche, ¿verdad? —escuché que decía una voz masculina detrás de mí.
El corazón me saltó a la boca. No le hice caso. No giré la cabeza. Aceleré aún más los pasos, sintiendo cómo el aire frío me quemaba los pulmones. Ya falta poco, solo diez cuadras más, me repetía mentalmente como un mantra.
— Qué hermosa que sos... —volvió a decir, esta vez más cerca. Mucho más cerca.
Sentía el miedo como una corriente eléctrica que me paralizaba las piernas. Mis manos sudaban. Escuché su risa, una risa ronca que olía a tabaco y a malas intenciones.
— Deja de caminar tan rápido, muñeca. Deja que te acompañe a donde vayas. Una chica como vos no debería estar sola por acá.
Antes de que pudiera reaccionar o empezar a correr, sentí una mano áspera cerrarse sobre mi brazo con la fuerza de un tornillo. El hombre me tiró con brusquedad, arrinconándome contra una pared de ladrillo. El impacto me sacó el aire.
— ¡Suéltame! —le grité, tratando de zafarme, pero él era mucho más fuerte.
Era un tipo desaliñado, con ojos inyectados en sangre y una sonrisa que me hizo desear desaparecer. Apoyó su frente contra la mía, atrapándome entre su cuerpo y el muro frío. Podía sentir su aliento fétido golpeándome la cara. En ese momento, cerré los ojos con fuerza. Imagine lo peor.
— No debes andar sola... —susurró él, bajando la mano hacia mi cuello.
De repente, el peso de su cuerpo desapareció.
Escuché un impacto seco, un gruñido de dolor y el sonido de alguien siendo lanzado contra el suelo con una violencia brutal. Abrí los ojos, jadeando.
Un hombre estaba de pie frente a mi agresor, que ahora se retorcía en el asfalto. El recién llegado no era un policía; vestía un traje oscuro que parecía fundirse con las sombras de la noche. No pude verle la cara con claridad, pero su presencia llenaba toda la calle. Emanaba un aura de autoridad y peligro que hacía que el tipo del suelo pareciera un niño asustado.
El extraño se agachó y tomó al hombre de la solapa, levantándolo del suelo como si no pesara nada. Su voz, cuando habló, era un barítono profundo, gélido, cargado de una promesa de muerte que me hizo temblar más que el ataque anterior.
— Si tocas de nuevo la mano a esa mujer, te cortaré la mano —le gruñó, y pude ver el brillo de una rabia volcánica contenida en sus ojos—. Si le tocas el cuello, te cortaré el cuello... No vuelvas a acercarte a ella. Nunca. Si te vuelvo a ver en este distrito, no habrá nadie que encuentre tus restos.
El atacante soltó un gemido lastimero, pidió perdón entre dientes y, en cuanto el desconocido lo soltó, salió corriendo como si el mismo diablo lo persiguiera.
Me quedé allí, apoyada contra la pared, con las piernas convertidas en gelatina. Tenía tanto miedo, tanta adrenalina recorriendo mi cuerpo, que no pude ni siquiera articular una palabra de agradecimiento. El hombre del traje se giró hacia mí. No se acercó, mantuvo una distancia, pero sentí su mirada recorriéndome como si estuviera comprobando que cada parte de mí estuviera intacta.
— Vete a tu casa —me gritó. No fue una sugerencia, fue una orden tajante, casi furiosa—. ¡Ahora!
No esperé a que lo dijera dos veces. Salí corriendo. Mis pies golpeaban el cemento con una fuerza que no sabía que tenía. No miré atrás ni una sola vez. Solo quería llegar a la seguridad —o lo que yo creía que era seguridad— de mi casa.
Cuando finalmente llegué a la puerta de mi casa, vi que todas las luces estaban prendidas. El gran portón de hierro estaba abierto y el coche de mi padre estaba aparcado en la entrada, con el motor aún caliente. Un frío diferente, uno más familiar y doloroso, me recorrió el cuerpo. Sabía lo que me esperaba.
Entré por la puerta principal tratando de ser invisible, pero él estaba allí, esperándome.
— Bianca —dijo, y su voz era el preludio de la tormenta—. ¿Dónde estabas?
— En la biblioteca, papá... me quedé leyendo y se me hizo tarde —susurré, bajando la cabeza.
— ¿En la biblioteca? —soltó una carcajada amarga y estrelló el vaso contra la chimenea. Los cristales saltaron por todos lados—. ¿Crees que soy un tonto? ¡Son las doce de la noche! De la escuela a la casa, Bianca. ¿Qué parte de esa orden no entiendes? Te he dado todo, te he protegido de la basura de esta ciudad, ¿y así me pagas? ¡Exponiendo el apellido D'Angelo en las calles como una cualquiera!
— ¡No hice nada malo! —intenté defenderme, pero fue un error.
Mi padre no aceptaba réplicas. Se acercó a mí en dos zancadas y me agarró del cabello, obligándome a mirarlo.
— Vas a aprender a obedecer, Bianca. Si no es por las buenas, será por las malas.
Esa noche, mi padre me dio una paliza que me dejó en cama una semana. El dolor físico era insoportable, pero el dolor de la traición, el ver cómo el hombre que debía amarme se convertía en mi mayor verdugo, era mucho peor. Mientras estaba allí tirada, con el rostro hinchado y el cuerpo lleno de moretones, cerraba los ojos para huir de la realidad.
Y, extrañamente, no podía dejar de pensar en el hombre que me había salvado.
No sabía su nombre. No sabía quién era. Pero en la oscuridad de mi habitación, mientras las lágrimas mojaban mi almohada, deseé que ese hombre volviera. Deseé que me sacara de esta casa y me llevara con él.







