CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 1

Jaxson

— ¡No te quiero cerca de mi negocio, ratero! ¡Lárgate antes de que llame a la policía!

El grito me golpeó en la espalda con la misma fuerza que una bofetada. Me detuve en seco, mis pies descalzos y sucios sintiendo el calor abrasador del asfalto bajo el sol de la tarde. Me giré lentamente, apretando los puños a los costados. El hombre, el dueño de una tienda de licores con la cara roja y el aliento agrio, me señalaba con un dedo tembloroso desde el umbral de su puerta.

Yo solo tenía nueve años.

No había robado nada. Ni siquiera había entrado a su tienda. Solo me había detenido un segundo frente a la vidriera, atraído por el reflejo de las luces de neón que me hacían olvidar, por un instante, el ruido constante de mis propias tripas. Sentí una rabia hirviente subiendo por mi garganta. Ese hombre no sabía nada de mí, pero para él, mi ropa raída, mi piel bronceada por el polvo de la calle y el hambre en mis ojos eran pruebas suficientes de un crimen que no había cometido.

Para el mundo, yo ya era un delincuente antes de saber siquiera cómo deletrear la palabra.

No le respondí. Aprendí temprano que el silencio era mi mejor arma; si no les dabas palabras, no podían usarlas para herirte más. Le mantuve la mirada, con una frialdad que no correspondía a un niño de mi edad, hasta que él retrocedió un paso, incómodo bajo mi escrutinio. Luego, me di la vuelta y seguí caminando.

Ese día había decidido alejarme de los callejones grises donde solía esconderme. Mis pies, guiados por un instinto que no comprendía, me llevaron hacia el norte, donde el asfalto se volvía liso y los árboles eran de un verde tan brillante que casi dolía mirarlos. Era una zona residencial; sabía que en esos lugares las sobras eran mejores y que, si tenía suerte, alguna señora con complejo de culpa me lanzaría una moneda desde su coche de lujo.

Pero lo que encontré fue algo que me cambió para siempre.

Llegué a un parque. Los juegos eran de colores vibrantes y el césped se sentía como una alfombra bajo mis plantas adoloridas.

Y allí estaba ella.

Estaba sentada sola en el césped, bajo la sombra de un roble centenario. Tenía un vestido de algodón blanco que parecía una nube y una canasta de mimbre a su lado, rebosante de comida que solo había visto en los anuncios de las revistas que encontraba en la basura. 

Caminé hacia ella sin miedo, o quizás con tanto miedo que ya no me importaba. Me senté a su lado, manteniendo una distancia prudente, pero lo suficientemente cerca como para oler el pan fresco. Mis ojos estaban fijos en la canasta, pero mis sentidos estaban alerta, esperando que gritara, que me llamara sucio o que huyera despavorida.

Ella no hizo nada de eso. Se giró hacia mí y me dedicó una sonrisa que me dejó desarmado. Sus ojos eran azules, pero no el azul del cielo frío de invierno, sino el azul del mar en calma que uno ve en las postales.

— Hola —dijo con una voz que sonaba como el tintineo de campanillas—. Me llamo Bianca.

No respondí. 

Bianca me miró por unos segundos, ladeando la cabeza con curiosidad. Lejos de pedirme que se fuera, o de mostrar ese asco que ya se había vuelto una constante en la mirada de los adultos, ella metió la mano en su cesta. Sacó un sándwich envuelto en servilletas de tela y me lo tendió con una naturalidad que me dio escalofríos.

— Pareces tener mucha hambre —murmuró—. ¿Quieres? Mi niñera está hablando por teléfono allá lejos, no se dará cuenta. Ella siempre trae demasiada comida.

Asentí con un movimiento brusco de la cabeza. Tomé el sándwich y empecé a comer con una desesperación que trataba de ocultar. Era la mejor comida que había probado en mi vida. 

Luego de un rato, cuando el hambre se calmó, ella me llevó a los columpios. Empezamos a hamacarnos en silencio, el viento rozando mi cara mientras subíamos y bajábamos. Por un momento olvidé que yo era la rata de la ciudad.

Pero la realidad siempre tiene una forma cruel de reclamar su lugar.

Un grupo de niños, un par de años mayores que yo, se acercaron con paso arrogante. Vestían uniformes de un colegio privado, camisas blancas impecables y suéteres de lana. El líder se detuvo frente a nosotros, cortando el balanceo del columpio de Bianca con una mano.

— Otra vez Bianca ayudando a los pobres —se burló, y los otros dos rieron a coro—. Claro, como ella no puede tener amigos de verdad, tiene que recoger a la basura que encuentra en el parque.

Bianca se puso de pie, su pequeño cuerpo temblando de indignación.

— No le digas así, Julian. Él es mi amigo.

— ¿Tu amigo? —Julian me miró de arriba abajo, con la misma expresión que el hombre de la tienda de licores—. Míralo, Bianca. Apesta. Ni siquiera tiene zapatos. Y tu papi, ¿dónde está, Bianca? Si te viera con esta rata, se moriría de vergüenza.

Sentí la rabia de nuevo. Pero esta vez no me iba a quedar callado.

— ¡Dejen de molestarla! —grité, poniéndome frente a ella. Mi voz salió más ronca de lo que esperaba, cargada con todo el veneno de la calle.

— ¿Y tú quién eres, muerto de hambre? —Julian dio un paso hacia adelante, tratando de intimidarme con su altura—. Lárgate de este parque. No deberías estar aquí. Este lugar es para gente que paga, no para desechos como tú.

No esperé a que dijera nada más. Salté encima de él con la ferocidad de un lobo, derribándolo sobre la arena. No me importaron los golpes de los otros dos, ni el hecho de que Julian fuera más grande. Solo sabía que tenía que defender a la niña que me había dado su pan y su sonrisa. Enterré mis puños en su cara, mordí, rasguñé, usé cada onza de mi dolor acumulado para hacerlo llorar.

Y lo hice. Julian empezó a gritar, pidiendo ayuda, mientras sus amigos retrocedían asustados por la violencia que emanaba de un niño tan pequeño.

— ¡Bianca! —el grito desgarró el aire.

Me detuve con el puño en alto. Un hombre se acercaba a grandes zancadas, con el rostro desencajado por la furia. Era su padre.

Agarró a Bianca del brazo y la tiró hacia él con una brusquedad que me hizo querer saltar también sobre él.

— ¡Papá, espera! —suplicó ella, con las lágrimas rodando por sus mejillas—. Él me ayudó. Ellos me estaban molestando y él me defendió...

Su padre me miró. Nunca olvidaré esa mirada. No había agradecimiento, no había comprensión. Había un desprecio tan absoluto que me hizo sentir más desnudo que si no tuviera ropa.

— ¿Defenderte? —escupió él, mirando mi rostro ensangrentado y mi aspecto salvaje—. ¿De qué te va a defender esta basura, Bianca? Mira a este animal. ¿Cuántas veces te he dicho que no te quiero cerca de ningún niño, y menos de este que no vale un centavo?

Me señaló con un dedo cargado de odio, el mismo dedo que años después usaría para suplicarme por su vida.

— ¡Es un delincuente! —continuó Rubén, arrastrándola del brazo hacia un Mercedes negro que esperaba en la acera—. ¿Dónde está esa estúpida niñera? ¡Marta! ¡Marta! Tendré que buscar otra que no deje que mi hija se mezcle con la escoria de la ciudad.

— ¡Papá, suéltame! —gritó ella, mirando hacia atrás por encima del hombro.

Me quedé allí, solo en el parque. Vi cómo el coche se alejaba, llevándose a la única persona que me había mirado sin juzgarme.

Ese día, mientras el sol se ocultaba y el frío de la noche empezaba a calar en mis huesos, hice un juramento silencioso. No volvería a ser el niño que recibía limosnas. No volvería a ser el desecho al que podían gritar. Algún día, yo tendría el poder de ese hombre. Algún día, yo sería el dueño de las calles que ahora me expulsaban.

Y algún día, Bianca volvería a sonreírme, pero esta vez, nadie tendría el poder de arrancármela.

Ese fue el día en que dejé de ser un niño. Y ese fue el día en que, sin entenderlo, me enamoré de Bianca.

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