CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4

Bianca

El sonido no era fuerte, pero en el silencio de mi habitación, se sentía como un martillo neumático golpeando directamente contra mis sienes. Era una vibración sorda, rítmica y persistente sobre la madera de la mesa de noche. Abrí los ojos de golpe, desorientada, con el corazón galopando en mi pecho antes siquiera de recuperar la consciencia plena.

Mi padre.

Extendí la mano y tomé el teléfono. La vibración me hizo cosquillas en la palma, una sensación desagradable, casi sucia. Miré el registro: diez llamadas perdidas. La undécima estaba en curso. Otra vez no había dormido en casa. Desde que tengo memoria, las noches en las que las luces del salón permanecen apagadas hasta el alba son sinónimo de que Rubén D'Angelo se encuentra en el casino, intentando recuperar con una carta lo que perdió con la anterior.

Respondí con un hilo de voz, temiendo que el solo hecho de hablar hiciera realidad mis peores presagios.

— ¿Papá?

— ¡Bianca! Al fin respondes —su voz me llegó atropellada, con una mezcla de alivio y un pánico que me heló la sangre. Podía escuchar el ruido de fondo, un silencio demasiado denso, como el de una oficina vacía o un callejón sin salida. No había el tintineo de las tragamonedas ni el murmullo de los jugadores—. Escúchame bien.

— Padre, ¿qué sucede? ¿Dónde estás?

— Tienes que vestirte inmediatamente —me ordenó, ignorando mis preguntas. Estaba jadeando, como si hubiera corrido una maratón—. Pasarán a recogerte en menos de una hora. No hagas preguntas, no pongas resistencia. Solo... solo vete con ellos.

— ¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Quién va a buscarme? —Me senté en la cama, envolviéndome en las sábanas, sintiendo un frío repentino que no tenía nada que ver con el clima—. Papá, me estás asustando. ¿Estás bien? ¿Has tenido un accidente?

— Bianca, por favor, escúchame... de esto depende mi vida —susurró, y por primera vez escuché un sollozo ahogado que me partió el alma—. He cometido un error. Un error terrible. Te van a pasar a buscar, y deberás irte con ellos. Hazlo por mí, Bianca. Si me quieres un poco, hazlo sin pelear.

— ¿Qué hiciste? —le grité al teléfono, con las lágrimas empezando a nublarme la vista—. ¿A quién le debes dinero ahora? ¿Qué tiene que ver conmigo que te hayas vuelto loco en una mesa de juego?

— Bianca, ya te dije lo que tendrías que hacer. Sé una buena chica... solo por esta vez. Sé mi salvación.

La comunicación se cortó con un clic seco que resonó como un disparo.

Me quedé mirando el teléfono en la penumbra. "Sé mi salvación". 

Me levanté como un autómata. Mis movimientos eran mecánicos, desprovistos de emoción, como si mi cuerpo hubiera decidido entrar en modo de supervivencia mientras mi mente se negaba a procesar la traición. Me metí en la ducha. Dejé que el agua caliente me golpeara la espalda, intentando lavar el miedo, pero el agua no podía alcanzar el escalofrío que se había instalado en mis huesos.

Me vestí con lo primero que encontré: unos vaqueros y un suéter ligero. No me maquillé. No me peiné con esmero. Mi reflejo en el espejo me devolvió la imagen de una desconocida con ojos de ciervo asustado.

En menos de una hora, el sonido de neumáticos sobre la grava frente a casa anunció el fin de mi vida tal como la conocía. Me asomé por la ventana. No era la policía. No era una ambulancia. Era una camioneta blanca, de cristales tintados y aspecto imponente. Dos hombres bajaron de ella. No llevaban uniformes, pero la forma en que se movían, con una eficiencia letal y rostros de piedra, me dijo todo lo que necesitaba saber.

Eran cobradores. Pero no venían por dinero.

Bajé las escaleras y abrí la puerta antes de que llamaran. No quería que derribaran la entrada de la casa que había sido mi hogar. El hombre más alto me miró sin un ápice de compasión, pero tampoco con crueldad. 

— Señorita D'Angelo. Tenemos órdenes de escoltarla.

— Lo sé —dije, tratando de que mi voz no temblara—. Mi padre me avisó.

No hubo maletas. No hubo despedidas. Subí a la camioneta y me senté en el asiento trasero. Mientras nos alejábamos de mi casa, miré por el cristal tintado. La casa se hacía pequeña, y con ella, los recuerdos de mi infancia, de mi madre, de las pocas tardes de paz que había conocido. No tenía idea de a dónde me llevaban, y lo más aterrador era que, en ese momento de shock, ni siquiera me importaba.

Después de lo que parecieron horas, el vehículo se detuvo. Al abrir los ojos, me encontré frente a una finca que quitaba el aliento. No era una casa, era una fortaleza de diseño moderno, integrada en la naturaleza pero rodeada por muros que gritaban "propiedad privada". 

Me bajaron con cortesía, pero con firmeza. En la entrada de la casa, una mujer de mediana edad me esperaba. Tenía un rostro amable que desentonaba con la frialdad del lugar.

— Bienvenida, cariño. Me llamo Lupe —dijo, extendiéndome una mano que no me atreví a tomar—. Por favor, acompáñame. Debes estar agotada.

La seguí por pasillos que parecían galerías de arte, con suelos de mármol que devolvían mi reflejo desolado. Finalmente, Lupe abrió una puerta doble y se hizo a un lado.

Me quedé paralizada en el umbral.

La habitación era inmensa, bañada por una luz rosácea y cálida que provenía de las cortinas de seda y las paredes enteladas. Había una cama con dosel, muebles de madera tallada y una atmósfera de paz que resultaba insultante dada la forma en que había llegado allí.

— ¿Cuál va a ser mi función en esta casa? —pregunté, girándome hacia Lupe. Mi voz sonó rota, pequeña en medio de tanta opulencia.

Lupe me miró con una mezcla de tristeza y algo que no supe identificar. ¿Lástima? ¿Respeto?

— No tengo respuestas, cariño —respondió en voz baja—. Solo me ordenaron que te recibiera, que te acomodara en tu habitación y que estuviera pendiente de cualquier cosa que necesites. Si tienes hambre, si ocupas realizar alguna compra, solo tienes que decírmelo.

— ¿Quién me trajo aquí? ¿Quién es el dueño de este lugar?

— Lo conocerás durante la cena, querida —dijo ella, retrocediendo hacia la puerta—. Él te explicará todo.

— ¿Señor de la casa? ¿Quién es? —insistí, dando un paso hacia ella—. Lupe, por favor. Mi padre me entregó, ¿verdad? Dígame al menos a quién.

Lupe suspiró y me dedicó una última mirada antes de salir.

— Ya lo conocerás, no te puedo decir más nada. Trata de descansar.

Me quedé sola en la Habitación Rosa. Empecé a recorrerla, sobre una mesa auxiliar, había un espacio vacío donde debería haber estado mi teléfono. Al tocarme los bolsillos, me di cuenta de que me lo habían quitado en algún momento del trayecto o al entrar. Estaba incomunicada. Estaba aislada.

Caminé hacia el ventanal. La vista era hermosa, pero los vidrios eran gruesos, probablemente blindados. No había manijas para abrirlos. La habitación rosa no era un regalo, era una celda decorada con exquisito gusto.

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