CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 3

Jaxson

— La chica ya está en el carro, señor. Vamos camino a la finca. Todo salió según lo planeado.

Corté la llamada sin decir una palabra. No necesitaba confirmar lo que ya sabía; mis hombres no cometen errores porque saben que el precio de un error. Dejé el teléfono sobre el escritorio de cristal y me permití cerrar los ojos por un segundo. Bianca estaba en movimiento. Bianca, el fantasma que me había perseguido durante dos décadas, finalmente estaba entrando a mi casa de manera definitiva. Llegaría a la finca en dos horas.

Dos horas. Un suspiro comparado con los veinte años que esperé, pero una eternidad cuando el deseo te quema las entrañas. Sin embargo, antes de recibirla, antes de verla cruzar el umbral de mi hogar, tenía una última gestión que atender. Una que no podía delegar en nadie más.

Llamé a otro de mis hombres, el que estaba vigilando el edificio de los D'Angelo.

— ¿El señor D’Angelo todavía se encuentra en la oficina? —pregunté, mi voz saliendo más fría que el hielo de mi vaso de whisky.

— Sí, señor. Está inquieto, camina de un lado a otro. Estoy esperando su orden para entregarle el maletín con el dinero y terminar el trámite.

— No —sentencié, poniéndome de pie y ajustándome el saco del traje—. Se lo voy a entregar personalmente. Espérame en la entrada.

Corté la comunicación y salí de mi despacho con un propósito que iba más allá de los negocios. Rubén pensaba que hoy era su día de suerte. Pensaba que había vendido a su hija y que, además de borrar su deuda de diez millones, se llevaría cinco millones de dólares para seguir pudriéndose en el juego. Lo que él no sabía es que yo tenía una memoria fotográfica para el dolor.

Todavía recordaba aquel día en el callejón. Yo la había seguido, como lo hacía a menudo, protegiéndola desde la penumbra. Vi cómo ese imbécil la arrinconó, escuché su miedo. Intervine no solo para salvarla, sino para evitar que el mundo tocara lo que yo consideraba sagrado. Pero lo que vino después fue lo que realmente selló el destino de Rubén. Verla entrar a su casa y saber que el hombre que debía protegerla le había roto el alma y el cuerpo a golpes... eso fue algo que no pude perdonar.

Esa paliza me dolió más que cualquier golpe que yo hubiera recibido en las calles. Cada moratón en su piel de porcelana fue un clavo ardiendo en mi conciencia por no haber entrado en esa casa y quemarlo todo. Pero hoy, finalmente, iba a cobrarme los intereses de ese sufrimiento.

"Te voy a entregar los cinco millones de dólares, Rubén", pensé mientras subía a mi coche blindado. "Pero antes vas a recibir tu merecido por cada una de las manos que pusiste sobre ella".

Llegué a la oficina del casino diez minutos después. Subí por el ascensor privado, el maletín pesado en mi mano derecha. Los guardias me abrieron paso sin siquiera pedirme identificación; mi rostro era el aviso de que el juicio final había llegado.

Entré en la oficina de Rubén sin llamar. Él estaba allí, con una sonrisa servil que me revolvió el estómago. Se veía patético, un hombre que acababa de subastar su propia sangre y ahora esperaba su comisión.

— ¡Jaxson! —exclamó, frotándose las manos—. Qué puntualidad. Ya hablé con Bianca, es una chica muy obediente, ya lo verás. Hará todo lo que le ordenes, solo necesita un poco de mano firme, ya sabes cómo son las mujeres...

No lo dejé terminar. En un movimiento que ni él ni sus nervios pudieron prever, solté el maletín y le agarré del cuello de la camisa, estampándolo contra la pared con una fuerza que hizo que los cuadros se tambalearan.

— ¿Qué estás haciendo? —balbuceó, con los ojos saliéndosele de las órbitas—. ¡Cumplí con mi parte! ¡Ella ya va camino a tu casa! ¡Suéltame, Sterling!

— Esto no tiene nada que ver con nuestro acuerdo, rata —le susurré al oído, mi voz cargada de un odio ancestral—. Esto no es por los diez millones, ni por la entrega de tu hija.

— ¿Entonces por qué? —chilló.

— Esto va por cada golpe que le diste a Bianca —dije, y antes de que pudiera procesar mis palabras, descargué mi puño contra su mandíbula.

El crujido del hueso rompiéndose fue la música más dulce que había escuchado en años. No me detuve. Lo golpeé con la precisión de alguien que ha estudiado anatomía solo para saber dónde duele más. Lo golpeé por la noche del callejón, por la semana que ella pasó en cama, por el miedo que le sembró en los ojos. Rubén no era un oponente, era un saco de boxeo lleno de cobardía.

Cuando terminé, lo solté. Cayó al suelo como un fardo de ropa sucia, gimiendo, con el rostro desfigurado y la sangre manchando su alfombra persa. Su nariz estaba claramente rota y sus ojos empezaban a hincharse.

— Ahí tienes tu dinero —dije, lanzándole el maletín de cinco millones de dólares al lado de su cabeza sangrante—. Cárgalo tú mismo si es que puedes levantarte. Y recuerda nuestra condición: si vuelves a acercarte a ella, si vuelves a llamarla, lo que te acabo de hacer parecerá una caricia comparado con cómo terminarás.

Salí de la oficina sin mirar atrás. Me limpié los nudillos con un pañuelo de seda y lo tiré a la papelera del pasillo. Me sentía extrañamente ligero. 

De regreso a la finca, el trayecto se sintió más corto. La adrenalina estaba bajando, dejando paso a una anticipación que me hacía hormiguear las manos. Llamé a Lupe, la única mujer en quien confiaba para gestionar los entresijos de mi santuario.

— Lupe —dije cuando contestó—. Bianca llegará en poco menos de una hora.

— Lo sé, Jaxson. Los preparativos están listos, pero sigo pensando que esto es...

— Escúchame bien —la interrumpí, suavizando un poco el tono—. Quiero que le des la habitación rosa. La que tiene vista al jardín de los jazmines.

Hubo un silencio del otro lado de la línea. Un silencio cargado de asombro.

— ¿La habitación rosa? —preguntó Lupe, con la voz entrecortada—. Pero... esa habitación ha estado cerrada por años. Es la más hermosa de la casa, Jaxson. Pensé que era para...

— Es para ella —sentencié—. Quiero que la atiendas personalmente. Ofrécele todo lo que necesite: ropa, cualquier comida que desee. No quiero que se sienta una prisionera, aunque técnicamente lo sea. Y dile... dile que en la noche me encontraré con ella en la cena. Que no se preocupe por ahora, que descanse.

— ¿Una mujer va a vivir con nosotros de forma permanente? —preguntó Lupe, todavía tratando de asimilar la noticia.

— Sí. Y quiero que quede claro para todo el personal: ella no es una invitada. Ella es la dueña de la casa.

Colgué. Era la primera vez que una mujer ponía un pie en mi casa con la intención de quedarse. A lo largo de mi ascenso al poder, muchas habían pasado por mi cama en hoteles de lujo o apartamentos discretos, pero ninguna había cruzado la puerta de mi fortaleza. No era un santo, mis manos estaban manchadas de muchas cosas, pero mi hogar siempre había sido mi templo de soledad.

Hasta hoy.

Hoy, la dueña de mis pensamientos y de mi corazón desde que tenía nueve años finalmente ocuparía su lugar. 

Entré a la finca y me dirigí directamente a la biblioteca. Me había pasado años comprando esa colección de libros para ella. Ediciones descatalogadas, primeras impresiones de clásicos, novelas de literatura francesa, inglesa y rusa que sabía que amaba gracias a mis informes constantes de la biblioteca. Había gastado pequeñas fortunas en subastas solo para conseguir el ejemplar exacto de esa novela que la atrapó la noche que casi la pierde.

— Espero que te guste, Bianca —susurré, pasando los dedos por el lomo de un libro de cuero—. He construido este mundo para ti.

Bajé a mi despacho para esperar. El monitor mostraba el coche blindado entrando por el portón principal de la finca. Mi pulso se aceleró. Verla bajar del coche, confundida, asustada pero manteniendo esa dignidad innata de los D’Angelo, me hizo sentir una punzada de algo que se parecía peligrosamente a la culpa, pero que mi obsesión aplastó de inmediato.

Me miré en el espejo, ajustándome la corbata. En unas horas cenaríamos juntos. Me odiaría, me gritaría, me llamaría criminal. Y yo lo aceptaría todo con tal de tenerla a menos de un metro de distancia. Porque el niño del parque finalmente había capturado a su princesa, y esta vez, no había ningún padre ni ningún matón que pudiera alejarla de mi lado.

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