CAPÍTULO 9JaxsonSi Vittorio Rossi creía que podía entrar en mi casa, pisotear mi grava, aterrorizar a mi personal y, sobre todo, poner sus manos sucias sobre Bianca para luego salir caminando como si nada hubiera pasado, estaba delirando. Mis hombres, reforzados por el equipo de respuesta que acababa de llegar, se movieron como una marea negra y eficiente. En cuestión de segundos, la ventaja numérica de Vittorio se evaporó. Los vi caer de rodillas, uno por uno, desarmados con brutalidad, con las manos en la nuca y las caras contra las piedras del camino de entrada. Pero mis ojos no estaban en ellos. Mis ojos estaban clavados en Vittorio.Marco, mi jefe de seguridad, se acercó cojeando. Tenía un corte feo en la ceja y la camisa empapada de sangre, pero su arma seguía firme en la mano. Se detuvo a mi lado, respirando con dificultad, esperando una reprimenda, un disparo o una orden. Sabía que había fallado. Sabía que habían burlado el perímetro bajo su guardia.— Señor... —comenzó, c
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