Por un instante, el silencio fue absoluto, como si el mundo contuviera el aliento.
—¡Tú… larva insignificante! —gritó Samara, su voz temblando de furia, su compostura resquebrajándose.
Leonela, con los ojos brillando de rabia, se acercó aún más, su dedo rozando el brazo de Samara con un gesto deliberado, como si tocara algo repugnante. Samara se estremeció, retrocediendo con una mueca de asco.
—Estoy harta de que gente como tú trate a los demás como basura —espetó Leonela, su voz un filo que cor