Sin paciencia, Víctor sale de la habitación sintiendo la necesidad de buscar un lugar donde, al menos, pudiera intentar respirar hondo. Camina hacia el jardín de la casa, donde la brisa fresca de la noche acaricia su rostro y el cielo estrellado se abre sobre él, ofreciendo una tranquilidad que contrasta violentamente con el torbellino en su mente.
Se sienta en un banco, mientras sus ojos vagan por las estrellas, pero sus pensamientos permanecen presos en Marina. La imagen de ella sigue danzand