Ya son casi las siete de la noche, y Víctor está en su casa, sentado en el sofá, con el celular en la mano. Sus ojos se desvían hacia la pantalla a cada minuto. Espera, ansioso, una notificación de Marina. Una llamada, un mensaje, cualquier cosa que indique que ella quiere hablar con él o, al menos, que le permita ir a buscarla a la casa de sus padres para traerla con él.
Pero hasta ese momento, nada.
La ausencia de contacto lo deja inquieto. Tamborilea los dedos en el brazo del sofá, suspira,