La puerta se cerró tras ella con un leve clic, suave, pero definitivo.
Ava recorrió con la mirada el cuarto de invitados de la mansión Miller: elegante, amplio, con cortinas de lino y sábanas de hilo egipcio.
Todo era precioso, pero era perfectamente frío.
Se sentó en el borde de la cama, sin desvestirse, con los brazos rodeando su abdomen todavía plano.
—Esto es un decorado de revista... con barrotes invisibles —susurró para sí misma.
Su celular seguía muerto. No había forma de cargarlo: el