Ava se miró al espejo del baño, observando las marcadas ojeras bajo sus ojos.
El reflejo le devolvía una imagen que no le gustaba: una mujer agotada, confundida, encerrada en una mansión que parecía más una jaula de oro.
A pesar de las sábanas de seda y el colchón más cómodo que había probado, no había dormido nada. Sentía un vacío incómodo en el pecho, como si algo no estuviera en su sitio.
Unos golpes suaves en la puerta la sobresaltaron.
—Señorita Brooks, el desayuno está servido. El señor