En la oficina se escuchó un largo y pesado suspiro. Karen tenía los ojos grandes y brillantes debido a las lágrimas contenidas en ellos, pero ella se negaba a dejarlas salir. Celia había vuelto a causar problemas y esta vez no había vuelta atrás. Las puertas de la intercesión estaban cerradas y al parecer seria para siempre. Un cuchillo al fuego ardiente se clavó en el pecho de la joven que escucha con amargura al hombre que tanto admira. El decano de la más prestigiosa universidad del país.
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