Naomi.
Un par de días después, me levanté somnolienta al responder la llamada de Malena, no dejaba de vibrar mi celular.
—¿Hola?
—¡Naomi Adler! ¡Me importa una mierda que el padre de tu hijo te tenga encerrada en quién sabe dónde! ¡Te necesito ahora mismo! —gritó, me dolió el oído.
Restregué mis párpados para ver mejor. Eran las ocho de la mañana, dormí mucho, pues el día anterior trabajé hasta tarde con Silvana y para mi sorpresa, estuvo de buen humor.
—¿Qué sucede? Te noto muy exaltada.