Thiago instó a la mujer a caminar hasta uno de los asientos. Se veía como si se mantuviera en pie de puro milagro: pálida, con ojeras marcadas bajo los ojos y los labios secos.
—Siéntate.
—No es necesario.
—Siéntate —ordenó otra vez, dedicándole una mirada severa.
Maya no tuvo más opción que obedecer. Apenas se sentó, extendió los brazos hacia su hijo y Zak prácticamente se lanzó sobre ella. Lo acomodó sobre sus piernas y se inclinó para apoyar la nariz en su cabeza mientras tomaba una respirac