-¡Doménico!- solté la mano de mi amado Ricitos y corrí a los brazos de aquél que me había dado esta segunda oportunidad de vivir.
-Mi princesa, por fin has vuelto donde te corresponde- sus fuertes brazos me mecieron como aquella niña que, después de la muerte de su madre, corría a su refugio.
Doménico estaba cambiado, sus cabellos ahora estaban teñidos de gris, lo que hacía verse más mayor de lo que era y el parche en el ojo me demostraba que más de una parte de su cuerpo había perdido por mi