Después de leerlo comprendí, que para amar, primero debía sanar, después de todo, yo al igual que Eduardo, estaba herida, y llena de dolores que no me dejaban pensar ni actuar con razonamiento lógico.
— ¿Cuál es tu decisión ahora? — Me interrogó Lucrecia mientras yo arrugaba la carta con mis manos.
— La misma, trabajaré en mí, en mi autoestima, en mi dolor, buscaré un psicólogo, que me ayude a canalizar el dolor que todo este embrollo me ha causado — respondí segura, al compás de los brazos d