Cuando salí a la calle me sentí aliviada, por fin podía mirar la luz, observé todo ahí, era un lugar muy bonito, el viento golpeaba mi cara y movía mi cabello rubio y ondulado. Eduardo no dejaba de mirarme, ni siquiera podía disimularlo.
— ¿Qué piensas? Aquí no hay forma de que te vayas así que deja de mirar que no vas a hallar ninguna salida — Comentó Eduardo mientras abría la puerta del auto — Súbete ya — Me ordenó. Yo abrí la puerta trasera y él me amonestó a lo inmediato — Debes ir adelant