El lugar no era grande ni particularmente bonito, pero era suficiente, y en ese momento “suficiente” era todo lo que podía permitirme. Un apartamento pequeño, con lo básico, con paredes vacías que todavía no guardaban recuerdos y un silencio que, aunque aún no lo había vivido, ya podía imaginar como una barrera entre yo y todo lo que estaba dejando atrás.
Estaba en casa de Sandra, sentada con el teléfono entre las manos, deslizando las fotos una tras otra, deteniéndome en detalles que antes no