El viaje se sintió más largo de lo que realmente era, no por la distancia sino por el peso de todo lo que venía conmigo. Miraba por la ventana sin ver nada en concreto, con el teléfono en la mano desde hacía rato, apagado, pero imposible de ignorar, porque sabía exactamente lo que había del otro lado de esa pantalla. Sus mensajes, sus llamadas, su insistencia.
No los había borrado.
Pero tampoco había sido capaz de abrirlos.
El conductor hablaba de vez en cuando, comentando algo sobre el tráfico