Pasaron varios días desde aquella visita a la mansión y, aunque en teoría mi vida seguía avanzando, todo se sentía como si estuviera en pausa esperando algo más grande. Adrián empezó a escribirme todos los días, sin falta, con una constancia casi admirable y un estilo… cuestionable.
“¿Cómo estás?”
“¿Cómo se siente el bebé?”
“Recuerda comer bien.”
Yo miraba los mensajes, suspiraba y respondía con la misma emoción con la que alguien confirma una cita médica.
“Bien.”
“Normal.”
“Sí.”
No era persona