Capítulo 4

Me quedé hasta tarde en la oficina fingiendo productividad cuando en realidad estaba evitando regresar a mi apartamento, que ahora se sentía como el set de una película titulada La novia que fracasó.

A las ocho en punto el piso estaba casi vacío, las luces bajaron a modo “corporativo deprimente” y yo decidí enfrentar mi siguiente tragedia financiera.

Saqué el celular.

Marqué el número de la aerolínea.

Escuché doce minutos de música alegre que claramente no estaba diseñada para mujeres que acaban de cancelar su boda por infidelidad.

Por fin contestaron.

—Gracias por comunicarse, ¿en qué puedo ayudarle?

—Hola —dije con mi voz profesional número tres, la que uso cuando estoy al borde del colapso pero sigo siendo educada—. Quiero cancelar dos boletos para mañana.

Escuché el sonido de sus dedos moviéndose sobre el teclado al otro lado de la línea, una pausa breve que se estiró más de lo necesario y luego más tecleos, como si mi desgracia estuviera siendo procesada lentamente en algún sistema que ya había decidido mi destino antes de que yo terminara de explicar la situación.

—Lo lamento, señorita, su tarifa es no reembolsable.

Claro.

Porque si algo define mi vida amorosa, es la frase “no reembolsable”.

—¿Puedo cambiar la fecha?

—La penalidad equivale al noventa por ciento del valor del boleto.

Eso no es penalidad. Eso es castigo divino.

Colgué con dignidad administrativa y apoyé la frente contra el escritorio.

Ni siquiera la aerolínea quería dejarme ir en paz.

En ese momento escuché los pasos inconfundibles del emperador financiero del piso cuarenta y dos.

Adrián Castellanos salió de su oficina con el saco perfectamente acomodado, el teléfono en la mano y esa expresión de hombre que probablemente acaba de mover millones de dólares sin despeinarse.

Pasó frente a mi escritorio con la misma eficiencia con la que revisa un balance trimestral, sin detenerse, sin un “buenas noches”, sin una sola referencia a mi supuesta luna de miel que comenzaba al día siguiente y que, técnicamente, ya era una obra de ficción; ni siquiera comprobó si seguía llamándome Claudia o había evolucionado a otro nombre aleatorio, simplemente siguió de largo hacia el ascensor privado como si yo fuera parte del mobiliario corporativo, una extensión elegante del escritorio, y yo me quedé mirando cómo las puertas se cerraban con suavidad impecable, llevándose con ellas al hombre que movía millones pero no notaba ojeras.

—Ojalá se te desconfigure el calendario —murmuré con una sonrisa diminuta.

Fue mi acto de rebeldía del día.

Cuando por fin llegué a mi apartamento, Sandra ya estaba sentada en el sofá con una bolsa de papas fritas tamaño terapéutico.

—¿Qué dijo la aerolínea? —preguntó sin rodeos.

Me dejé caer a su lado.

—Que el universo me odia y que mi tarifa es no reembolsable.

Sandra abrió los ojos.

—¿Cuánto pierdes?

Le dije la cifra.

Sandra dejó caer una papa al suelo.

—No.

—Sí.

—Clara, eso es un mes de alquiler.

—Lo sé.

Hubo un silencio dramático.

Luego ella me miró con esa expresión que significa “voy a decir algo irresponsable”.

—Vete.

Parpadeé.

—¿Cómo que me vaya?

—Sola.

—Es mi luna de miel.

—Exacto. Mejor ir sola que regalarle el viaje al idiota.

La miré.

—No puedo ir sola a una luna de miel.

Sandra sonrió lentamente.

—Claro que puedes. Solo deja de llamarla luna de miel y empieza a llamarla vacaciones post–traición. Ve, disfruta un tiempo lejos del soso de tu jefe, y el imbecil de tu ex, broncéate y acuéstate con cada hombre que te cruces.

Eso sonaba… sorprendentemente poderoso.

—Nunca he viajado sola.

La verdad creo que nunca he viajado.

Los viajes aburridos de negocios con los que he ido con mi jefe son siempre dentro del país.

—Siempre hay una primera vez, no seas aburrida.

Intenté no reír.

Fallé.

Y fue la primera vez en días que el aire no me dolió al entrar en los pulmones.

—¿Y si me siento ridícula?

Sandra se encogió de hombros.

—Más ridículo que el que hicimos en la boda imposible.

Touché.

Miré mi maleta aún sin desempacar, apoyada contra la pared como si estuviera esperando una decisión.

Tal vez no podía recuperar mi dinero.

Tal vez no podía recuperar mi boda.

Pero tal vez… podía recuperar algo más.

—Si voy —dije lentamente—, no vuelvo siendo la misma.

Sandra sonrió.

—Ese es el punto.

Si Daniel cree que lloraré por perderlo está muy equivocado, luego de años siendo la aburrida novia de alguien, la secretaria inviable, durante una semana seré por primera vez en mucho tiempo solo una mujer.

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