La recepcionista se levantó de su silla con los ojos muy abiertos.
—¡Señor! —dijo con voz temblorosa—. ¡No puede entrar así!
Mi padre ni siquiera la miró.
Caminó directo hacia los ascensores privados, los mismos que conducían al piso de dirección. Yo logré alcanzarlo por un momento y sujeté su brazo con ambas manos.
—¡Papá, escúchame! —dije con desesperación—. ¡No hagas esto!
Él se soltó de mi agarre con un movimiento brusco, pero su mirada se clavó en mí por un instante. En sus ojos habí