Capítulo 12

Pero tan pronto como esas palabras salieron de sus labios, la cercanía que había entre nosotros desapareció como si nunca hubiera existido. Adrián se apartó con la misma precisión con la que tomaba decisiones en la oficina, ajustándose los puños de la camisa y recuperando esa fachada impecable e impenetrable de CEO que conocía tan bien, como si todo lo ocurrido unos segundos antes hubiera sido solo una ilusión.

Volvimos al hotel por el mismo camino de arena, pero esta vez el silencio era distinto. Más frío. Más contenido. Adrián no dijo prácticamente nada, y yo tampoco encontré una forma de romper esa distancia que él había vuelto a imponer con tanta facilidad.

Luego simplemente se fue, sin despedirse y sin mirar atrás, exactamente como hacía siempre en la oficina, como si desaparecer de una conversación fuera tan natural para él como cerrarla.

Me quedé parada unos segundos en el lobby mirando la puerta por la que acababa de desaparecer, hasta que finalmente suspiré.

—Bueno… —murmuré para mí misma— al menos sigo empleada.

Decidí que, si iba a estar en Bali, al menos iba a aprovechar algo del hotel. Así que fui directo al buffet del restaurante principal.

Comí como si estuviera recuperando todas las comidas que había olvidado durante la semana de la boda fallida. Frutas tropicales, arroz, pescado, postres que no sabía pronunciar… en algún momento incluso perdí el sentido de la dignidad gastronómica.

Cuando finalmente me levanté de la mesa estaba completamente satisfecha y un poco avergonzada.

—Esto sí que es una luna de miel —murmuré.

Después de descansar un rato en mi habitación, decidí salir por la noche. El hotel tenía un bar junto a la playa donde sonaba música suave y varias personas estaban bailando o conversando con bebidas en la mano.

Me senté en la barra y no pasó mucho tiempo antes de que varios hombres empezaran a coquetear conmigo. Uno me invitó un trago, otro intentó enseñarme a bailar y un tercero me preguntó si estaba viajando sola. Yo respondía, sonreía y conversaba, pero en realidad mi mente no estaba allí, porque los recuerdos comenzaron a regresar poco a poco.

Al principio fueron fragmentos pequeños: la mesa del restaurante, la risa inesperada de Adrián, el tono de su voz, más bajo y cercano de lo que jamás lo había escuchado. Pero poco a poco los recuerdos comenzaron a ordenarse, a volverse más nítidos, como si mi mente dejara de resistirse y me obligara a revivir cada instante con demasiada claridad.

Recordé la forma en que me miraba aquella noche, sin la distancia habitual, sin ese filtro frío que siempre lo definía, sino con una intensidad tranquila pero firme que me había dejado sin aliento desde el primer momento. Era una mirada que no pedía permiso, que no dudaba, que simplemente… elegía.

Sentí otra vez el contacto de su mano encontrando la mía, cálida, segura, cerrándose con naturalidad como si siempre hubiera sabido dónde debía estar. No hubo prisa en ese gesto, pero tampoco indecisión; era el tipo de cercanía que se construye en silencio, sin necesidad de palabras, pero que lo cambia todo.

Luego vino el momento en que se acercó, despacio, dándome el tiempo suficiente para reaccionar, para apartarme si quería… pero sin dejar espacio real para que lo hiciera. Y cuando sus labios encontraron los míos, todo dejó de ser claro. El beso no fue torpe ni apresurado, fue firme, profundo, cargado de una seguridad que me envolvió por completo, como si él supiera exactamente lo que estaba haciendo… y yo dejara de intentar entenderlo.

Mi respiración se volvió más lenta, más pesada, al recordar cómo sus manos se movían sobre mí con una mezcla imposible de control y necesidad, cómo cada roce parecía intencional, como si estuviera descubriéndome poco a poco y al mismo tiempo reclamando cada espacio que yo no sabía que estaba dispuesta a ceder.

La cercanía era total, el calor entre nosotros casi tangible, y lo que más me desconcertaba no era lo que hacía… sino cómo me hacía sentir. No había dudas, no había inseguridad, solo esa sensación intensa de ser vista, de ser elegida, de estar exactamente donde él quería que estuviera.

Y yo… no me resistí.

No quise hacerlo.

Sentí el calor subir directamente a mi rostro.

—Oh, Dios —murmuré, cubriéndome la cara con una mano.

Bebí otro trago porque los recuerdos no se detuvieron. De repente recordé cómo había reído con él en el ascensor, algo tan inesperado que en ese momento me había parecido casi irreal, porque Adrián normalmente no era ese tipo de persona. Esa noche parecía distinto, más humano, más cercano, como si hubiera dejado su versión de jefe en algún lugar del restaurante.

Luego llegaron otros recuerdos más claros y mi mente empezó a reconstruir la noche con una precisión incómoda: sus manos recorriendo mi espalda con una seguridad que me había hecho olvidar todo lo demás, la manera en que me había sostenido como si aquello fuera lo más natural del mundo, y cómo su voz había dicho mi nombre con una suavidad que jamás había escuchado en la oficina.

Para ese momento mi cara estaba completamente roja.

—Necesito otro trago —le dije al bartender.

Lo bebí demasiado rápido y enseguida pedí otro, y luego otro más, hasta que la vergüenza empezó a mezclarse con el alcohol y todo comenzó a sentirse ligeramente borroso. En algún momento decidí que ya había tenido suficiente humillación emocional por una sola noche, así que me levanté de la barra y subí a mi habitación tambaleándome un poco.

Cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer sobre la cama, quedándome mirando el techo mientras soltaba un largo suspiro. Porque ahora lo recordaba todo. Cada detalle, cada momento de la noche anterior volvía a mi mente con una claridad incómoda.

Mi primera vez con un hombre.

Y había sido con mi jefe.

Cerré los ojos lentamente, preguntándome cómo se suponía que iba a mirarlo a la cara al día siguiente. Porque ahora que recordaba todo… fingir que nada había pasado iba a ser mucho más difícil.

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