Volvimos al hotel caminando por el mismo camino de arena, aunque esta vez Adrián no dijo prácticamente nada. Parecía concentrado en sus propios pensamientos, como si ya estuviera varios pasos adelante en el siguiente movimiento del negocio. Cuando cruzamos el lobby simplemente se detuvo un segundo, miró su reloj y asintió con la cabeza.
—Mañana en la noche, el yate —dijo.
Luego simplemente se fue, sin despedirse y sin mirar atrás, exactamente como hacía siempre en la oficina, como si desapare