Capítulo 13

A la mañana siguiente desperté con una ligera resaca emocional… y otra bastante real. Durante unos segundos me quedé mirando el techo, intentando reconstruir en qué momento exacto de la noche había decidido beber como si estuviera participando en una competencia internacional, pero no tardé mucho en recordar el motivo.

Adrián, la noche y los recuerdos eran suficientes para arruinarme la mañana.

Solté un pequeño gemido de frustración y me cubrí la cara con la almohada, como si esconderme bajo la tela pudiera borrar de mi mente todo lo que ahora recordaba con demasiada claridad.

—Perfecto, Clara —murmuré—. Luna de miel cancelada, jefe atractivo y trauma emocional. Excelente combinación.

No podía creer que todo eso hubiera pasado. Hasta ese momento no lo había asimilado del todo, porque al no recordarlo mi mente había logrado mantener cierta distancia con la realidad, pero ahora que cada momento había vuelto a mi memoria con claridad, ya no tenía escapatoria.

Maldición… mi papá me va a matar.

En mi familia la religión no era un tema ligero; era prácticamente una regla de vida. Se suponía que yo debía llegar virgen al matrimonio, y ahora que lo pensaba, probablemente por eso Daniel había sido tan insistente en casarse rápido.

Ese imbécil.

La ironía era casi ofensiva: el hombre que me había engañado había sido el mismo que había respetado esa regla… mientras yo terminaba perdiendo mi virginidad con alguien completamente inesperado.

Con mi jefe.

Me cubrí la cara con las manos.

—Increíble —murmuré.

Ahora le había dado mi primera vez a un hombre que, técnicamente, no era nadie en mi vida. No era mi novio, no era mi prometido, ni siquiera era alguien con quien tuviera una relación real fuera del trabajo.

Era simplemente Adrián Castellanos.

Suspiré profundamente y me dejé caer otra vez sobre la almohada.

—¿Sabes qué? —murmuré al techo—. Después de este trauma no quiero volver a casarme.

Me giré en la cama, todavía medio enterrada en las sábanas.

—A la m****a todo.

Después de una ducha decidí hacer algo productivo con mi día y bajar a la piscina. El área era enorme, rodeada de palmeras y tumbonas blancas donde varios huéspedes tomaban el sol con absoluta tranquilidad, y el agua azul brillaba bajo el sol de la mañana como una invitación demasiado tentadora para ignorarla. Caminé hacia la orilla, me quité la bata del hotel y me metí al agua con un suspiro de alivio, dejando que el frescor me envolviera y, al menos por un momento, se llevara también parte del caos que llevaba en la cabeza.

—Esto sí es vida —dije en voz baja.

Nadar siempre había sido una de mis cosas favoritas, aunque rara vez tenía la oportunidad de hacerlo. Así que me permití disfrutarlo. Nadé de un extremo al otro de la piscina, floté un rato mirando el cielo y hasta hice un par de vueltas como si estuviera en una competencia olímpica personal.

Fue entonces cuando lo noté: Adrián estaba en una tumbona cerca de la piscina, tomando el sol con la misma calma que parecía tener siempre, como si el mundo entero funcionara a su ritmo. Estaba sin camisa, recostado con total tranquilidad, y el sol marcaba las líneas de su cuerpo atlético de una forma difícil de ignorar. Era injustamente atractivo, de esos hombres que parecían diseñados para verse bien incluso cuando no lo intentaban. Por supuesto tenía que estar allí. Mi primera reacción fue fingir que no lo había visto, seguir nadando y evitar cualquier conversación incómoda, pero enseguida recordé que técnicamente ahora trabajábamos juntos en esa misión de convencer al inversionista. Suspiré resignada y nadé hacia la orilla donde estaba él.

—Buenos días, señor —dije apoyando los brazos en el borde de la piscina.

Adrián bajó ligeramente las gafas de sol para mirarme, y por la forma en que se quedó observándome durante un segundo pude notar que parecía sorprendido de verme allí.

—Vega.

—¿Disfrutando del clima?

Él observó el agua, luego a mí.

—Parece que usted sí lo está haciendo.

Sonreí.

—No tengo muchas oportunidades como esta.

Nadé un poco más cerca mientras él seguía mirándome con curiosidad.

—¿No le gusta nadar? —pregunté.

—No especialmente.

Levanté una ceja.

—¿No sabe nadar?

Su expresión cambió ligeramente, como si esa pregunta fuera ligeramente ofensiva.

—Sé nadar —respondió con calma—. En mi casa tenemos una piscina.

—¿Ah, sí?

—Tamaño olímpico.

Parpadeé.

—Claro que sí.

Él no sonrió.

—En realidad es bastante común en mi familia.

Me apoyé en el borde de la piscina.

—¿Qué tan rica es su familia exactamente?

Adrián se acomodó un poco en la tumbona.

—Somos la familia más rica del país.

Lo miré unos segundos.

Luego me hundí en el agua hasta el cuello.

—Claro que lo son.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Le sorprende?

—Un poco —admití—. Aunque ahora algunas cosas tienen más sentido.

—¿Como qué?

Nadé un pequeño círculo en el agua.

—Como por qué actúa como si el mundo fuera una reunión de negocios.

Él soltó una pequeña risa, un sonido breve y sorprendentemente natural que me tomó desprevenida, porque no era algo que yo estuviera acostumbrada a escuchar de él.

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