La mansión Castellanos no se sentía como una casa.
Se sentía como un territorio enemigo.
Desde el momento en que cruzamos las puertas, algo en el ambiente cambió, como si incluso el aire supiera que ese lugar no era para personas como yo, como si cada paso que daba estuviera siendo observado, medido, juzgado.
Adrián caminaba a mi lado con la misma seguridad de siempre, pero había algo distinto en él, algo más tenso, más contenido, como si ya estuviera preparado para lo que venía.
Yo no.
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