El automóvil no abrió la puerta por sí solo, pero tampoco hizo falta.
Antes de que pudiera pensarlo demasiado, ya estaba caminando hacia él, como si algo dentro de mí supiera que no tenía sentido huir, no cuando ya me habían encontrado.
La puerta se abrió desde dentro y subí sin decir una palabra, con el pulso acelerado y una sensación pesada instalándose en mi pecho desde el instante en que la vi.
La abuela de Adrián estaba sentada frente a mí, impecable, erguida, con esa elegancia fría qu