Al día siguiente todo parecía normal, demasiado normal, como si el mundo estuviera empeñado en fingir que nada había cambiado cuando yo sabía que algo no encajaba. Aun así, me obligué a seguir la rutina, a vestirme, a salir, a caminar hasta el trabajo.
Saludé al entrar, recibí algunas respuestas automáticas y me senté en mi escritorio como cualquier otro día, encendiendo la computadora y revisando pendientes, intentando concentrarme en lo que tenía delante en lugar de en esa sensación persi