Dylan apenas vio el nombre de Luciana en su pantalla, contestó de inmediato, saliendo discretamente de la sala de juntas en la que estaba. Al escuchar su voz quebrada, el corazón le dio un vuelco.
—Estoy en la mansión de tu madre... Dylan, no puedo más —susurró ella, con un hilo de voz—. Hay banquetes, vinos, invitaciones... ya hablan de doscientas personas... prensa... listas de invitados... —soltó casi sin respirar.
Dylan apretó la mandíbula. Sabía que su madre podía ser intensa, pero no se