Guille
Verla con otro hombre me encendió algo oscuro en el pecho.
No fue una explosión. No fue un impulso violento ni una escena. Fue peor: una certeza lenta y corrosiva, una comprensión que se acomodó dentro de mí con una calma peligrosa y definitiva. Gala estaba apoyada en él, apenas unos centímetros, lo justo para que se notara que no estaba sola. Y yo entendí, sin necesidad de palabras, que no podría vivir con eso.
No porque tuviera derecho, porque no lo tenía, tampoco porque ella me debier