Gala
El hospital castigaba de una forma particular: no levantaba la voz, no golpeaba puertas, no gritaba verdades. Te hacía esperar. Y en esa espera, uno terminaba escuchando todo lo que había querido ignorar durante años: su propia respiración, el sonido de los pasos ajenos, la culpa instalándose en el pecho, paciente.
Me quedé sentada en una silla de plástico, con el pelo todavía húmedo por la ducha y la cara empapada de lágrimas.. Julieta me había obligado a entrar, a sacarme la sangre de en