Guille
La sala de visitas estaba igual que siempre: mesas de metal atornilladas al suelo, luces frías que hacían el lugar más tétrico, el zumbido constante de las cámaras de seguridad que nunca parpadeaban.
Sin embargo, algo había cambiado. No en el lugar en sí, sino en la forma en que yo lo ocupaba. Ya no me senté como quien recibe noticias, sino como quien evalúa un trato. Ya no podía ver la sala igual a cada viernes que venía a recibir a Marcela, hoy, ella no estaba de visita.
Salvatierra