Guille
El tiempo en prisión no se medía en días, sino en viernes.
Todos los viernes era igual: me sacaban del pabellón, pasaba por los pasillos mugrosos y me sentaban frente al vidrio. Y ahí estaba Marcela, con su ropa prolija, el pelo recogido y una sonrisa cansada que fingía para no mostrar la verdad.
Nunca fallaba.
Desde la primera vez le había rogado lo mismo:
—Busca a Juana. Por favor.
Ella asentía, pero cada viernes, la respuesta era la misma.
—Nada, Guille. No hay rastros.
Era c