Gala
Llevaba cuatro días encerrada.
Cuatro amaneceres sin ver otra cosa que el mismo pedazo de cielo de entre las cortinas de la ventana.
El reloj de la pared se había vuelto una tortura: marcaba las horas como si quisiera recordarme que afuera la vida seguía, y yo ya no formaba parte de ella.
Mario y Margarita se habían ido. No me dejaron despedirlos. Lloré por ellos. Por su ternura, por el silencio con el que siempre me cuidaron. Pero también lloré por mí, porque cada día que pasaba aquí den