Guille
El aire en la camioneta de traslado apestaba a sudor y desesperación.
Las esposas me cortaban las muñecas, pero no dije nada, hacerlo solo empeoraría mi situación. Estos hijos de puta estaban esperando cualquier reacción de mi parte para hacerme sentir peor.
Afuera, la ciudad seguía girando como si nada hubiera pasado, mientras a mí me llevaban como a un perro al matadero.
Intenté cerrar los ojos, pero la imagen del juicio volvía una y otra vez.
Gala, mi esposa, con la voz rota,