Arturo
Me gustaba trabajar de noche.
La ciudad se me abría en el ventanal como un tablero de ajedrez, y yo podía mover las piezas sin que nadie estorbara.
La lámpara de cuero lanzaba un cono de luz exacto sobre los papeles; el resto quedaba en penumbra. El hielo tintineó dentro del vaso cuando incliné el whisky. Todo en su sitio. Orden y control.
La puerta se abrió de golpe sin que yo autorizara y eso ya me molestó.
Entró Héctor hecho un huracán de ira. Mandíbula tensa, los nudillos aún amora