Guille
El mensaje de Gala me dejó helado.
No puedo. Ni una explicación más, ni un guiño de tranquilidad. Solo esas palabras que me sonaron a cadenas, a una puerta cerrándose en mis narices.
La llamé de inmediato, pero no atendió. Volví a marcar, una y otra vez, hasta que la contestadora automática se activó. Y de pronto, silencio: el teléfono estaba apagado.
Me quedé con el celular en la mano, el corazón golpeándome las costillas. Algo estaba mal. Lo sentía en la piel, en el estómago, en cada